La casa grande, nuestra casa…

LAURA OLALLA

La segunda planta de la casa grande, en la antigua ciudad de Minerva, hoy Garlitos, tiene forma de espiral, de círculo floreciente amasado, con oficio, por buenas manos alfareras. Un presupuesto asequible no limita la ensoñación de verla pintada del color de la caricia. En esta casa sonora, dos personas muy sabias han decidido vestirla de memoria; señalando un sendero de esperanza, justicia, paz y alegría. El aroma que desprenden los muros de la cocina revela un café caliente hecho con amor; donde dueños y operarios degustan y saborean la palabra hablada y la palabra escrita. Muy pronto en su patio rojo grana (estancia baja) los más pequeños elevarán al cielo sus pompas de jabón, mientras los mayores admirarán la medianería repleta de magnolias, lirios, yerberas, rosas…, sembradas con dedicatorias de ternura; y en las horas de contemplación se sumarán las aves, el viento ligero, la brisa del campo y el anhelo del mar; los ojos del Guadiana quedarán impregnados de literatura, reflexiones y expresas psicologías.

        Un ascensor de gamonitas firmes, con rieles bien forjados y deslizantes, se estrenará para subir, desde la primera planta, a los mayores que caminen con dificultad.

Yo soy como una casa- Acrílico sobre madera

En su desván, semiescondido, se guardan antigüedades que valen su peso en  oro: los atrojes (hoy, renovados) para  cereales y legumbres; los aperos para el campo –la horquilla para la parva, la cavadera, el azadón…; la gran caldera de cobre –patrona de las matanzas–; los grandes tubos de corcho, casetas de las abejas…; las angarillas, portadoras de los sacos del trigo, la cebada o los garbanzos; el trillo y las colleras que portaban las mulas y los borricos  en época de siembra y de cosecha. Las tijeras de esquilar duermen para siempre el sonido de las manos de padre cuando desvestía  ovejas; el arado se ha perdido, pero no en la memoria de quienes con su esfuerzo y las bestias, hacían surcos en el barro duro regenerando la tierra.

        ¡Qué fragancias las de entonces! Las gallinas, los cerdos, los mulos… descansando en las cuadras; mas las primeras, en cuanto se dejaba la puerta del corral abierta, se escabullían al interior de la casa. Yo nunca me acostumbré a estos olores caseros, que más bien me paralizaban -como me sigue ocurriendo hoy en día, hay cosas que nunca cambian–, pero todos los demás, acostumbrados a ellos, se llenaban de regocijo, trabajo y recreo. La ricia y las cenizas del hogaril apagado se recogían en pequeños utensilios del mismo material que las trébedes, las tenazas o el soplillo que no faltaban ni en los recintos más humildes de entonces, junto con la plancha de hierro que recogía las ascuas para mitigar el frío del invierno y comer tres veces al día.

        Hoy juegan al escondite los albores del salón, levantando remolinos con jugos de una ambrosía de mil sabores por vaso y, como ya es diciembre y también mi cumpleaños, la poesía nos transforma en olor de multitud…

La matanza extremeña, tonadilla de oro,
en la casa se extiende como aroma de sueño.
El cochino de antaño ya no es bermejillo
sino más bien reflejo de un quehacer amoroso
entre padres e hijos, hermanos y abuelos.
Se ha deshecho la magia del caldero de cobre
que reposa en la cámara con el polvo en su cuerpo
esperando la gloria de la resurrección.
El sol de los humeros palidece vacío.
La horquilla choricera reposa en un rincón…

La casa grande está ya lista para todos. Son tiempos de relevo.
¡Qué pena, madre, que padre falte y que tengas que irte tú!

(Textos e imagen: Laura Olalla- “Olwid”- noviembre 2013)