“En femenino plural”, por Julia San Miguel

XX VELADA CULTURAL DE MARTOS

El pasado viernes, 12 de agosto de 2016, se celebró la XX Velada Cultural, organizada por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Martos, en los jardines de la Casa Municipal de Cultura “Francisco Delicado”.

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PRIMER PREMIO XL CERTAMEN LITERARIO

“En femenino plural”, por Julia San Miguel. 

 Ya me lo dijo mi padre. Estudia, estudia, estudia, y no tendrás que ser cajera en un centro comercial, sentada ocho horas en una silla sin moverte. Y le hice caso. Y mira que estudié. Estudié y estudié. Pero, aun así, estaba sentenciado que mi destino sería que me pasara sentada más de ocho horas. Primero delante de un ordenador como correctora en un prestigioso periódico de la ciudad. Luego, con la crisis y los despidos, gracias a la oportunidad que me brindó un amigo, contratándome como taxista, para que estuviera sentada, sentada y sentada ocho horas y más llevando pasajeros de la ceca a la meca. Primero tuve que enfrentarme a mis miedos ante lo que me encontraría. Que ya me veía a golpe de navaja perdiendo la recaudación de todo un día. Luego, luchar contra la inseguridad que me provocaba el no saber si sería capaz de poderlos llevar a su destino. Porque siempre he sido malísima para orientarme. Así que al principio sudé la gota gorda. No había forma, ni con el navegador ni con las indicaciones de los que se sentaban, muchos de ellos turistas a los que solo podía pedirles que hablaran muy despacito, porque mi inglés tampoco es que fuera cosa del otro mundo. Usted gire ahora a la izquierda, sí, eso es. Tranquila, no se preocupe que llegamos, me decían con paciencia, sobre todo los hombres más mayores, esos que van con gafitas y tienen cara de buenas personas. Había otros que daban ganas de echarlos con cajas destempladas antes de que hablaran, con esa prepotencia que da el éxito cuando se alcanza en un suspiro. Con las mujeres, vaya que vaya. Y si te toca con niños, ya ni te cuento. Entre los berridos, las patadas al asiento y el chupachús que siempre me lo dejan en la alfombrilla, no hay día que cuando salgo del coche no me diga que para qué leches me pasé tanto tiempo estudiando, para acabar con el culo más grande que una estación de tren.

No sé si soy un ama de casa al uso. No me gusta limpiar, pero me gusta tenerlo todo requetelimpio. No me gusta planchar, pero no consiento ni una arruga pequeña ni siquiera en los calzoncillos. Y plancho los calcetines, las bragas y al perro si se me pone por delante. No me gusta hacer la compra, pero en la despensa que no falten ni los cacahuetes del aperitivo de los domingos. Y por supuesto no me gusta ni vestir a los niños ni peinar a la niña. Pero los niños, cómo no, van impecables, y a la niña no le faltan sus coletitas y su lazo haciendo juego con el vestido. Con lo que daría yo por irme con las otras mamás a la cafetería después de dejar a los niños en el cole, tomarme mi café calentito, mi tostada con mantequilla y mermelada, charlar un ratito, poner a parir a la suegra y decidir qué viernes quedamos solo nosotras y en qué casa para cenar todas juntas. Y luego, por la tarde, después de recoger la cocina, sentarme tranquilamente en el sillón, con las piernas en alto en la mesita del centro, viendo la telenovela, y así hasta que llegue la hora de que salgan del cole. Pero me puede la casa, me absorbe como la mejor bayeta del mercado, y cuando no veo una telaraña, veo los cristales sucios, y, si no, una mancha de cal en el baño. Y un día sí y otro también estoy con el trapo a cuestas, limpiando, limpiando y limpiando, porque todo lo veo sucio, sucísimo, como si padeciera una enfermedad, como si fuera una yonqui y el amoniaco mi droga, y mi perfume. Y todo desde que me plantaron los contenedores de basura bajo la ventana. Que no me quise casar con mi antiguo novio porque era pescadero…, que mira que me lo decía mi abuela. No escupas al cielo, hija, que te cae encima. Así que si no quieres arroz, toma dos tazas. Y aquí estoy. Con la ventana cerrada a cal y canto por lo de los olores, y obsesionada mirando detrás del visillo, viendo qué vecino es el guarro que no hay día que no deje la basura fuera, para que vengan los gatos y las ratas a darse la merendola del siglo. A los del Ayuntamiento los tengo fritos. Que no hay día que no los esté llamando, como la mejor detective del barrio, avisándoles del que tira un colchón, la poda del jardín o los escombros de la obra del baño. La rabia es que no me hacen ni caso. Y yo ya me lo he propuesto. Me busco un trabajo y me largo de esta casa, o salgo con un palo y me pongo a malas con todo el vecindario. Luego que me llamen loca, pero en descanso lo gano.

Cuando me preguntan qué profesión tengo, sin entrar en detalles solo respondo médico especialista en urología. Entonces, siempre capto una pequeña sonrisa y una chispita de malicia en la mirada de mi interlocutor. ¿Eso no es solo para hombres? Y yo asiento, aburrida. ¿Y cómo lo llevan? No les queda otra, respondo tajante. Porque así es. No les queda otra. Sé de muchos que cuando han sabido que su doctor era en realidad doctora, han pedido un cambio de especialista. Otros, más despistados, cuando se han encontrado con el pastel delante de ellos se han quedado blancos como la pared. Los que aguantan el tipo apechugan cual jabatos, y muchos medio en broma, otros medio en serio, se prestan los pobres a lo que les haga. Pero, bueno, lo de mi profesión es algo anecdótico que por fortuna, con la edad, hemos superado ellos y yo. De joven, cuando comencé con las prácticas, el azoro era tal y tales las burradas que tuve que escuchar, que no me quedó más remedio que hacerme más dura que el pedernal. Y si ellos no se apiadaban de la doctorcita, la doctorcita se apiadaba mucho menos de ellos. No les quedaba otra. Así que allá sus próstatas.

Tengo bruxismo. Del estrés, me dice el dentista. Que me ponga una férula. Se me cae el pelo y me salen ronchitas rojas en la cara. Del estrés, me dice el dermatólogo. Que no me maquille. Que me tome pastillas para dormir. Que me corte el pelo. Que no me ponga tacones. Que me coja unas vacaciones. Que deje de trabajar. ¡Ah!, pero ¿eso se puede? Imposible. ¿Sabe todo lo que llevo por delante? Desde que me levanto ya estoy con las pilas puestas. Una ducha rápida, un café de máquina, vestida y maquillada en cinco minutos y en el coche ya con el iphone, con el smartphone, con la tablet, con qué sé yo cuántas zarandajas, conectándome y llamando a unos y a otros, atando todos los cabos sueltos posibles e imposibles para cerrar un negocio, abrir uno nuevo, fotocopiar, escanear, actualizar la agenda al minuto… Sin descanso, sin aliento, antes de llegar a la reunión de la que saldrán otras mil reuniones, otros mil negocios, cientos de incidencias y miles de detalles que no pueden llegar a buen puerto sin mi supervisión. Agresiva con las mujeres, atractiva con los hombres. Y muchas veces al contrario, también atractiva para las mujeres, y agresiva para con los hombres. ¡Hay de todo como en botica! Pero siempre proactiva, asertiva, deliciosamente mordaz, adelantándome a los imprevistos y negociando lo innegociable. Genio y figura que no falte. Todo con tal de llegar al cliente para ofrecerle lo que ni siquiera soñaba. Porque con tal de que pueda venderlo, lo que no existe, me lo invento.

Hace días que me hago la misma pregunta. ¿Cómo estuve yo para dejarme engañar como lo hiciste? Primero fue la pena. Verte ahí crucificado. El corazón se me hacía un puño. Y yo, niña aún, soñaba por las noches pensando que con una escalera llegaba hasta ti y podía arrancarte, sin causarte ni una pizca de dolor, los clavos de tus manos, las espinas de tu frente. Luego fue la admiración. El milagro del pan y los peces. Tu resurrección. Veintiún siglos de amor a los desamparados… Pero lo que me decidió fue el hábito de sor Juana. El velo vaporoso como un mástil cuando recorría los pasillos del colegio. El roce de sus faldas sobre el enlosado. Las manos escondidas en su regazo. Apenas me lo pensé. Y aquí estoy ahora, preguntándome qué hago aquí, en esta celda, a las cinco y media de la mañana, esperando a que la madre superiora nos llame para la oración. ¿Cuántas hermanas somos en el convento? A mí me gustaría estar sola contigo. Que realmente fueras el fiel esposo que me prometiste. Pero me llamaste, como a tantas, y de esposo, fuiste padre. Y ahora me encuentro sola, confusa, perdida, y sobre todo celosa, muy celosa de ser una más en este pequeño harén. ¡Ay, Dios mío, no me hagas caso! Es que estoy con esos días, ya sabes, y me pongo muy tonta.

Cuando busco entre la cremallera del pantalón el miembro eréctil de ese desconocido, la bocanada de asco que me viene se mezcla con la conmiseración y la pena. ¿Quién se puede ver más solo que ese hombre que ahuyenta su desconsuelo en un cuerpo que no le dará ni una migaja de amor? Porque él sabe que yo nunca cerraré los ojos. Y será él quien se esconda, cerrando los suyos para no verse en la frialdad de mis pupilas. Si me parara a pensar… El frío de la calle, el calor, la lluvia que nos empapa y nos deja aún más desvalidas en medio del asfalto a la entrada del polígono, dejaría de respirar, y siempre me sentiría un poco más sucia. Con las botas altas y los tacones al cielo, el escote de infarto, pintada como un reclamo de marquesina, apetitosamente carnal, deliciosamente inmoral. Los hombres deseosos de acariciar la piel tersa de mi cuerpo, de saborear mis labios y sentirse amados en un instante fugaz. Tan fugaz como el recuerdo que ellos dejan en el ramo invisible de flores que corona mi éxito. Y mientras se me acerca un nuevo cliente, los pétalos que deshojo de las margaritas me van diciendo a lo que sí y a lo que no podré llegar a aspirar siquiera en este destino incierto que me prostituye.

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